El Palacio de la Madraza, situado en la calle Oficios, a pocos pasos de la Catedral, es un lugar donde el saber echó raíces. Desde fuera, su fachada puede parecer discreta, incluso demasiado discreta para todo lo que esconden sus muros. Pero Granada tiene esa curiosa costumbre de esconder auténticos tesoros detrás de puertas que uno podría pasar de largo.
Fundada por el sultán nazarí Yusuf I en 1349, fue
la primera madraza pública de Al-Ándalus,
y la única que se ha conservado de forma parcial. Su nombre árabe, Madraza
Yusufiyya, significa algo así como escuela o lugar de enseñanza, y aquí se
estudiaban materias tan diversas como medicina, derecho, matemáticas, u otras
ciencias por grandes maestros como Ibn
al-Jatib o Ibn
Zamrak, cuyos poemas decoran las paredes y fuentes de la Alhambra.
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| Alberca |
El rincón que más sorprende es el ORATORIO, cuyo origen se encuentra en la antigua escuela coránica y, después de la conquista, fue transformado en capilla cristiana. Su espacio octogonal y la decoración que todavía conserva nos permiten imaginar la belleza que debió de tener este rincón cuando formaba parte de la Madraza Yusufiyya.
La visita, completamente accesible en silla de ruedas, también permite acercarse al SALÓN DE CABALLEROS XXIV, otro de los espacios más interesantes del palacio y en el que todavía se conserva una impresionante armadura mudéjar del siglo XVI. El lugar nos recuerda que la Madraza tuvo una segunda vida como sede del gobierno municipal de Granada. Las funciones cambiaron, los protagonistas también, pero el edificio continuó siendo testigo de la historia de la ciudad.
Quizá sea una de las cosas que más me gustan de
visitar edificios históricos: no solo vemos piedras, arcos, yeserías o
pinturas. Intentamos escuchar lo que ocurrió cuando esas piedras todavía eran
jóvenes. La Alhambra nos habla de los sultanes. La Catedral nos habla de la
Granada cristiana. Pero la Madraza parece hablarnos de todas las Granadas a la
vez.
Cuando terminas la visita, sales a la calle y allí están la Capilla Real, la Catedral, la Alcaicería, las calles del centro histórico… Todo lleno de gente, terrazas, turistas, vendedores y ese particular movimiento que tiene Granada. Y, sin embargo, bastó con cruzar la puerta de la Madraza para que el ruido de la ciudad se quedase fuera. Fue como entrar en una pequeña y hermosa cápsula del tiempo.
Ahora, cada vez que pasemos frente a aquella
fachada, ya no veremos simplemente un edificio antiguo. Veremos una pequeña
parte de esa Granada infinita que nunca termina de descubrirse. Quizá por eso nos
gusta tanto esta ciudad. Porque cuando crees que ya la conoces, Granada vuelve
a abrirte una puerta. Y detrás de ella siempre hay otra historia esperando.
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