EL PALACIO DE CARLOS V, GRANADA, UN ENCUENTRO ENTRE DOS MUNDOS.


Continuamos nuestro recorrido por la Alhambra y, casi de repente, entre la delicadeza de los palacios nazaríes y la belleza de sus patios, aparece ante nosotros un edificio que rompe por completo con todo lo que hemos visto hasta ese momento: el majestuoso Palacio de Carlos V.

Su imponente fachada de piedra, sus líneas sobrias y su monumentalidad llaman inmediatamente la atención. Después de recorrer espacios donde el agua, la luz y la decoración nazarí parecen envolvernos en un mundo de fantasía, encontrarnos frente a este gran palacio renacentista produce una sensación difícil de describir. Es como viajar, en apenas unos pasos, de una época a otra.

La historia del Palacio de Carlos V comenzó en el siglo XVI, cuando el emperador, profundamente impresionado por la belleza de los palacios nazaríes durante su estancia en Granada junto a su esposa Isabel de Portugal, decidió construir una residencia imperial en la Alhambra.

El proyecto fue encargado al arquitecto Pedro Machuca, en una España en la que el estilo imperante era el plateresco, y que no se había despegado totalmente del gótico, Machuca construyó un palacio que corresponde estilísticamente al manierismo, estilo que estaba dando sus primeros pasos en Italia. Concibió un edificio completamente diferente a los palacios nazaríes que lo rodeaban, inspirado en las formas y los ideales del Renacimiento italiano.




Las obras comenzaron en 1527, pero quedaron interrumpidas durante siglos y el palacio permaneció inacabado durante mucho tiempo.

Finalmente, en el siglo XX se recuperó el edificio y las obras de terminación culminaron en 1958, momento en el que comenzó una nueva etapa para este impresionante palacio.

Hoy, el Palacio de Carlos V alberga dos importantes museos, convirtiéndose en un espacio dedicado al arte y a la conservación de la historia de Granada.

En su interior se encuentra, desde 1958, el Museo de Bellas Artes de Granada, mientras que también alberga el Museo de la Alhambra, dedicado principalmente al arte y a la cultura hispanomusulmana.

De esta manera, aquel palacio que nació para convertirse en residencia de un emperador ha encontrado, con el paso de los siglos, una nueva razón de ser: conservar, mostrar y ayudarnos a comprender una parte fundamental de la historia y del patrimonio artístico de Granada.

Visitar el Museo de la Alhambra es una buena manera de completar nuestro recorrido por la ciudad palatina. Después de pasear por sus palacios, patios y jardines, aquí encontramos muchas de las piezas que nos ayudan a entender mejor cómo era la vida en la Alhambra hace siglos.

Recorrer sus salas es, de alguna manera, volver a mirar la Alhambra con otros ojos. 

Está organizado en siete salas, siguiendo un recorrido cronológico y temático. Sus colecciones fueron creciendo con el tiempo gracias a donaciones y adquisiciones, y reúnen objetos muy diferentes: piezas relacionadas con la religión, la ciencia, la decoración o la vida cotidiana, procedentes tanto de la península como de Oriente. Sin duda, una visita que complementa de una manera muy especial el recorrido por el conjunto monumental. Sus salas reúnen una extraordinaria colección de arte hispanomusulmán y numerosas piezas procedentes de excavaciones, restauraciones y diferentes espacios vinculados al reino Andalusí y a la propia Alhambra.

Y lo cierto es que resulta curioso detenerse ante estos pequeños objetos e imaginar para qué fueron utilizados y quiénes pudieron tenerlos entre sus manos. Porque, detrás de los grandes palacios y de sus impresionantes decoraciones, también existía una vida habitual que estas piezas nos ayudan a descubrir.

En la Sala I encontramos una interesante colección de monedas. 


la Sala II nos acerca al periodo comprendido entre el arte califal y el nazarí, desde los siglos X al XIII. Aquí podemos contemplar piezas tan interesantes como la pila de abluciones de Almanzor. 

Una pieza de origen cordobés que presenta una forma rectangular, con el interior rebajado para contener agua. Destaca especialmente la cenefa decorativa del borde, formada por motivos entrelazados y vegetales tallados en la piedra. El propio catálogo del Patronato de la Alhambra describe una pila cordobesa del siglo X, realizada en mármol y procedente de Dar al-Na'ura, o "Casa de la Noria" en Córdoba, con decoración vegetal y una cenefa en el borde superior.

la Sala II nos acerca al periodo comprendido entre el arte califal y el nazarí, desde los siglos X al XIII. Aquí podemos contemplar piezas tan interesantes como la pila de abluciones de Almanzor. 

Ver mas sobre la pila en este video

Tablero de ajedrez nazarí de los siglos XIV-XV elaborado con la técnica artesanal de la taracea granadina en la sala VI. El juego del ajedrez se introdujo en la Península Ibérica a través de al-Andalus hacia el siglo IX, y esta refinada pieza es un testimonio del altísimo valor cultural y lúdico que tenía en la corte.

Además de elementos arquitectónicos, cerámicas y diferentes objetos de bronce utilizados en la vida diaria, como braseros y almireces.

También hay espacio para conocer cómo era la vida de los más pequeños. En la Sala VII se conserva una colección de juguetes que nos permite hacernos una idea de los entretenimientos de los niños de aquella época.

En esta misma sala encontramos otra pieza especialmente interesante: la lápida fundacional, fechada entre los años 1365 y 1367, de un hospital construido al pie del Albaicín durante el reinado de Mohamed V. Está realizada en mármol blanco y tiene forma de arco de herradura. 

Del mismo edificio proceden también dos leones que antiguamente decoraban su patio central.

Pero si hay una pieza ante la que merece la pena detenerse especialmente es la Píxide de al-Muguira, conocida también como el Bote de Almoguira.

Se trata de una pequeña urna tallada en marfil de elefante en el año 968, considerada una de las grandes joyas del arte islámico y de los marfiles hispanomusulmanes. Fue realizada para el príncipe al-Muguira, hijo del califa omeya Abderramán III.

La pieza fue encontrada en Medina Azahara, la ciudad palatina fundada por Abderramán III en el año 936, cerca de Córdoba. Su extraordinaria decoración y el delicado trabajo realizado sobre el marfil hacen que sea una de esas obras ante las que resulta inevitable detenerse para observar sus detalles.

Otro de los aspectos curiosos del museo es que, en una de sus salas, podemos contemplar in situ parte de la antigua Calle Real de la ciudad palatina, una forma de conectar directamente la visita al museo con el recorrido que acabamos de realizar por la Alhambra.

Al final, recorrer estas salas es como volver a mirar la Alhambra desde otra perspectiva, que nos acercan a quienes vivieron allí.

Pequeñas piezas que guardan grandes historias y que nos ayudan a imaginar cómo era la vida en este extraordinario lugar.

Son pequeñas piezas de una historia mucho más grande que nos ayudan a imaginar cómo era la vida cotidiana dentro de esta ciudad palatina y a descubrir detalles que, durante el recorrido, quizá hayan pasado desapercibidos ante nuestros ojos.

Las emblemáticas puertas de alacena se encuentran expuestas en la Sala V de la colección

Esta sala está dedicada principalmente al mobiliario, la carpintería y los elementos arquitectónicos de madera del periodo nazarí. En ella destacan piezas excepcionales fabricadas con la delicada técnica de la taracea (incrustaciones de hueso, marfil y maderas finas).

Zócalo de alicatado del Mexuar. Sala V.

Está dedicada por completo al Periodo Nazarí: la Alhambra y Otros Palacios. Además de los alicatados, verás columnas originales, celosías de madera, capiteles labrados y puertas (como la hermosa puerta de taracea de la alacena del Palacio de los Infantes)

La silla de tijera nazarí, se encuentra en la Sala VI popularmente conocida en el contexto granadino como jamuga o "silla de caderas", es uno de los tesoros de mobiliario palatino más espectaculares custodiados en el Museo de la Alhambra. Aunque en el mundo hispanomusulmán la costumbre generalizada era sentarse a nivel del suelo sobre cojines y alfombras, este asiento ceremonial constituía el sillón del trono regio de los sultanes nazaríes


Respaldo y Asiento: Están realizados en cuero repujado sujeto con clavos agallonados dorados. El respaldo luce con gran orgullo el escudo nazarí, flanqueado por motivos de lazo, vegetación y dos características aves zancudas en movimiento. Su asiento cuenta, además, con decoración epigráfica.

Ver más sobre la silla de tijera nazari.

Ver más sobre la fuente de Lindaraja.


Al final, recorrer estas salas es como volver a mirar la Alhambra desde otra perspectiva, que nos acercan a quienes vivieron allí.

Pequeñas piezas que guardan grandes historias y que nos ayudan a imaginar cómo era la vida en este extraordinario lugar.

Son pequeñas piezas de una historia mucho más grande que nos ayudan a imaginar cómo era la vida cotidiana dentro de esta ciudad palatina y a descubrir detalles que, durante el recorrido, quizá hayan pasado desapercibidos ante nuestros ojos.

En la planta superior del palacio encontramos el Museo de Bellas Artes de Granada, instalado aquí desde 1958.

Sus colecciones nos invitan a realizar un recorrido por la historia artística de Granada y a descubrir algunas de las grandes figuras del arte granadino. Entre ellas destaca especialmente Alonso Cano, uno de los grandes nombres del barroco español y una figura fundamental en la historia artística de la ciudad.

Pero si hay algo que sorprende especialmente al cruzar sus puertas es su espectacular patio circular.

Después de la sobriedad de sus muros exteriores, entrar en este espacio produce una sensación difícil de olvidar. Rodeado por dos niveles de columnas y abierto al cielo, el patio transmite una extraordinaria sensación de armonía y equilibrio.

Dentro de un cuadrado (símbolo de lo terrenal)  se inscribe el patio circular  (símbolo de la divinidad), también encarna la intención  de universalidad del imperio de Carlos V  que se extiende por los cuatro puntos cardinales.

Es uno de esos lugares que invitan a detenerse.

Durante nuestra visita quisimos recorrerlo sin prisas, dejando que la mirada se perdiera entre sus columnas y sus enormes muros de piedra. Hay lugares que se disfrutan caminando y otros que nos invitan simplemente a parar, mirar y dejarnos llevar por el momento. Para nosotros, este fue uno de ellos.

Porque la Alhambra no es solamente un conjunto de palacios nazaríes. Es también un lugar donde la historia se ha ido escribiendo capa tras capa, dejando recuerdos de quienes la habitaron, la transformaron y la admiraron a lo largo de los siglos.

Y quizá esa sea una de las cosas más especiales de caminar por este rincón de Granada: descubrir que, detrás de cada puerta y de cada edificio, se esconde una historia diferente.

El Palacio de Carlos V es una de ellas. Una historia de un ambicioso proyecto renacentista levantado junto a los palacios nazaríes y de un edificio que, con el paso de los siglos, encontró una nueva razón para existir.

Hoy, mientras recorremos sus salas, contemplamos las obras de sus museos o nos detenemos bajo el cielo de su espectacular patio circular, resulta emocionante pensar que aquel palacio concebido hace casi cinco siglos sigue formando parte de la vida de la Alhambra.

 

INFORMACIÓN RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_Carlos_V#Descripci%C3%B3n

https://www.alhambra.org/palacio-carlos-v.html

https://temasycomentariosartepaeg.blogspot.com/p/pedro-machuca-palacio-de-carlos-v_17.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Medina_Azahara

 

 

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