VIANA, EL PALACIO DE LOS 12 PATIOS, MIL HISTORIAS Y UN RINCÓN SECRETO
En pleno corazón de Córdoba se encuentra este extraordinario palacio, una casa que fue creciendo durante casi seis siglos a partir de un conjunto de viviendas bajomedievales. Sus orígenes se remontan a 1425 y, entre los siglos XV y XX, llegó a tener dieciocho propietarios, cada uno de los cuales fue dejando su huella en la arquitectura, los jardines y las colecciones que hoy podemos contemplar. El resultado es un conjunto singular en el que conviven patios medievales de carácter popular, espacios renacentistas, rincones barrocos y jardines de inspiración romántica.
![]() |
| PORTADA PRINCIPAL |
Y quizá ahí esté precisamente su encanto:
Viana no es solamente un palacio, sino, un pequeño universo construido
alrededor de doce patios, un jardín y cinco siglos de historias entre flores y
fuentes. En él no basta con recorrer sus salas y patios: hay que dejarse llevar
por el sonido del agua, por el perfume de los naranjos, por el color de las
flores trepando por las paredes y, sobre todo, por las historias que parecen
esconderse detrás de cada puerta.
Una vez pagada la entrada, nos adentramos en
el PATIO DE RECIBO, la gran puerta de entrada al Palacio de
Viana y, probablemente, uno de los espacios que mejor explica el poder y la
posición social de quienes habitaron esta casa. Es amplio, elegante y sobrio,
rodeado por una galería porticada de dieciséis columnas toscanas. En el centro,
una enorme palmera se convierte casi en protagonista, mientras las buganvillas
y otras plantas trepan por las paredes y columnas aportando ese inevitable
toque cordobés que hace que piedra, cal, agua y vegetación parezcan formar
parte de una misma obra.
Pero antes de continuar, nos detenemos en
algo que quizá pueda pasar desapercibido: los azulejos que recuerdan la
presencia de Alfonso XIII y su esposa,
la reina Victoria
Eugenia;
así como el Príncipe de
Asturias
y su hermano, el infante don Jaime en esta
casa. Es uno de esos detalles que hacen que Viana deje de ser solamente un
edificio bonito y empiece a hablarnos de las personas que pasaron por él.
Desde el Patio de Recibo accedemos a LAS CABALLERIZAS, uno de esos espacios que nos recuerdan que detrás de la elegancia de los salones y jardines existía también toda una vida cotidiana relacionada con los carruajes, los animales y el servicio de la casa.
Uno de los elementos más impresionantes de
esta sala es la carroza nupcial del siglo XIX: un regalo de bodas de la familia
Saavedra a una joven pareja. Está decorada con pinturas de Cupido restauradas
por Joaquín
Sorolla para la boda de
Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg en
1906. La presencia del Dios del Amor en el carruaje era fundamental, porque sus
flechas incendiaban el corazón de los recién casados.
Y, como descubriremos durante toda la visita,
prácticamente cada patio y estancia cuenta con cartelería explicativa que ayuda
a comprender lo que estamos viendo. Además, encontramos códigos QR que permiten
acceder a una audioguía, un detalle que agradecemos especialmente porque
permite disfrutar del recorrido a nuestro ritmo.
Después pasamos junto al COMEDOR DE LOS MADRILEÑOS, una de esas estancias que ayudan a
comprender que el Palacio de Viana no fue únicamente un lugar de
representación. Fue una casa vivida, con habitaciones, cocinas, espacios de
servicio y lugares destinados a las necesidades de quienes allí residían o
trabajaban. Como curiosidad: Alberga un retrato anónimo del Papa León XI, célebre en
la historia de la Iglesia católica por un pontificado que duró apenas 26 días.
Nuestra siguiente parada es el PATIO DE LOS GATOS, y aquí el ambiente cambia completamente. Frente a la solemnidad del Patio de Recibo, encontramos un espacio mucho más popular y doméstico, pero también muy hermoso. Sus paredes blancas están llenas de macetas y nos encontramos ante lo que está considerado el patio de vecinos documentado más antiguo de Córdoba.
Este lugar formaba parte de unas antiguas casas de alquiler, las Casas de la Puentezuela de Tres Caños. Eran viviendas en las que los vecinos compartían espacios como el patio, el lavadero o el pozo. Más tarde, ya en el siglo XIX, la estancia contigua se convirtió en cocina y el patio pasó a formar parte de la zona de servicio. Y entonces comprendemos el curioso origen de su nombre: los gatos acudían atraídos por los restos de comida y terminaron convirtiéndose en los habitantes más famosos de este rincón.
Continuamos hacia el PATIO
DE LOS NARANJOS, el perfume de Córdoba, uno de los espacios más
antiguos del conjunto y que formaba parte del núcleo original del palacio. Es
fácil imaginar este patio hace siglos, cuando todavía servía como acceso
principal a la casa. De hecho, antes de construirse el Patio de Recibo, era por
aquí por donde se entraba al palacio.
Aquí los protagonistas son, naturalmente, los naranjos, pero también el agua. Dos fuentes aportan ese elemento imprescindible en la arquitectura tradicional cordobesa: una alberca revestida de azulejos y otra fuente de planta octogonal.
Desde este espacio accedemos también a
algunas de las ZONAS
INSTITUCIONALES DEL PALACIO DE VIANA, estancias que cambian nuevamente
la personalidad de nuestra visita. Si hasta ahora habíamos estado descubriendo
patios y espacios vinculados a la vida cotidiana, aquí entramos en el mundo de
la representación, las colecciones y el gusto refinado de los propietarios. Espacios
donde la familia no solo recibía a sus invitados, sino que también dejaba
bastante claro, sin necesidad de decirlo en voz alta, quién era y el lugar que
ocupaba en la sociedad cordobesa.
Nuestra entrada se realiza por el SALÓN DEL MOSAICO, la antigua puerta
principal de la casa. Y no es precisamente una entrada discreta. Bajo nuestros
pies encontramos un impresionante mosaico romano del siglo IV, procedente del Palacio de Moratalla,
en Posadas, propiedad de la familia. El segundo
marqués de Viana decidió traerlo hasta aquí en 1923, convirtiendo lo que
originalmente fue pavimento de una villa romana en una auténtica carta de
presentación de la casa. Porque si uno quería impresionar a sus invitados. ¿Qué
mejor manera que recibirlos caminando sobre casi diecisiete siglos de historia?
A la izquierda se encuentra la SALÓN DE PORCELANAS, donde el lujo cambia de escenario y se hace porcelana. Tras los cristales podemos contemplar parte de una vajilla de la Compañía de Indias del siglo XVIII, regalo del rey Alfonso XIII al segundo marqués de Viana, que ocupaba el distinguido cargo de sumiller de Corps de la Real Casa. Y así descubrimos otra forma de medir el poder: no solo por el tamaño de las estancias o la antigüedad de los objetos, sino por quién te los regalaba.
Finalmente nos asomamos al SALÓN DE TOBÍAS, que fue el comedor principal del palacio. Sus tres grandes ventanales se asoman al Patio de las Rejas, abierto directamente a la calle. Y aquello tampoco era casualidad. La vida de la familia quedaba parcialmente expuesta a las miradas exteriores, permitiendo que quienes pasaban por allí pudieran contemplar, aunque fuera de reojo, el esplendor de sus moradores. Era una especie de escaparate aristocrático antes de que inventáramos Instagram.
Y mientras nosotros seguimos avanzando, casi
podemos imaginar que las paredes aún conservan el eco de aquellas comidas,
conversaciones y recepciones en las que el poder se servía, probablemente,
acompañado de una buena vajilla.
Abandonamos el Patio de los Naranjos y
seguimos nuestro recorrido hasta el PATIO
DE LAS REJAS. Su nombre ya nos da una pista de su particularidad. Las
grandes rejas permiten que este espacio se comunique visualmente con el
exterior. Es decir, aquí el patio no se esconde: se muestra. Y eso tenía mucho
que ver con la voluntad de sus propietarios de exhibir su posición social. La
vegetación, cuidadosamente dispuesta, también contribuía a esa puesta en
escena. Naranjos, limoneros y bergamotas crecen en espaldera sobre los muros,
creando una especie de jardín vertical que mantiene el color verde durante
buena parte del año.
Entre las rejas, las plantas y el agua, este patio consigue algo curioso: hace que el exterior de Córdoba y el interior del palacio parezcan estar observándose mutuamente.
El siguiente patio es uno de esos pequeños
tesoros que parecen diseñados para ser descubiertos poco a poco: el PATIO
DE LA MADAMA. Construido en el siglo XVIII, recibe su nombre de la
escultura femenina situada en la fuente central, una náyade, es decir, una
ninfa de agua dulce de la mitología griega.
Pero quizá lo que más llama nuestra atención
sea la composición vegetal. Un círculo de cipreses recortados rodea la fuente
como si fuera una corona verde, mientras buganvillas y jazmines trepan por los
muros. Todo está pensado para crear un espacio íntimo, recogido y elegante.
En una de sus paredes encontramos también un
azulejo con un poema de Pablo García Baena, un pequeño encuentro entre literatura
y arquitectura que hacen que la visita sea algo más que contemplar edificios.
Y entonces llegamos a uno de los patios que
más nos sorprende por su amplitud: el PATIO
DE LAS COLUMNAS. A diferencia de otros espacios, este patio pertenece a
una etapa mucho más reciente de la historia del Palacio de Viana. Fue construido
en 1983 para albergar actos culturales e institucionales, demostrando que el
palacio no quedó congelado en el pasado, sino que continuó incorporando nuevos
espacios a su historia.
Aquí nos detenemos ante un azulejo que
reproduce el poema “Meditación en Viana”. Y quizá no haya mejor lugar para una
meditación que este. Después de atravesar patios medievales, renacentistas y
barrocos, el poema parece invitarnos a detener el paso y simplemente
contemplar.
Y después de la pausa seguimos avanzando
hasta el gran jardín, donde Viana se abre al cielo de Córdoba. EL
JARDÍN de Viana parece pensado para perderse sin ninguna prisa. Un
pequeño laberinto de pasillos nos va conduciendo entre dieciséis parterres de
boj, algunos con más de dos siglos de historia, que conservan su intenso verdor
durante todo el año y esconden en su interior delicados rosales. En el centro,
como si fuera el corazón de este pequeño universo vegetal, encontramos una
fuente de piedra, siempre acompañada por macetas rebosantes de flores, y, en un
extremo, el curioso cenador grutesco circular, que aporta al conjunto ese aire romántico
y casi de cuento que tantas veces encontramos en los rincones del Palacio de
Viana.
Desde el jardín continuamos hacia el PATIO
DE LA ALBERCA y el PATIO
DEL POZO, dos espacios que forman parte del conjunto de patios incorporados
al palacio en el siglo XIX y donde volvemos a encontrar una de las constantes
de la arquitectura cordobesa: el agua como elemento esencial. No solamente para
refrescar y embellecer, sino también como parte de la vida cotidiana de la
casa.
Y, por si todo esto fuera poco, este Patio
del Pozo guarda también uno de los grandes espectáculos vegetales del Palacio:
la mejor colección de buganvillas de Viana. Sus ramas trepan, se enredan y se
descuelgan por los muros, llenándolos de color y convirtiendo el paseo en una
auténtica explosión de vida.
Continuamos hacia el PATIO
DE LOS JARDINEROS, cuyo nombre nos cuenta directamente cuál era su
función: el lugar de trabajo de los jardineros, que guardaban aquí sus
herramientas. Pero hay algo que roba
inmediatamente nuestra atención: su espectacular pared cubierta de celestina o
jazmín azul. En verano, esta vegetación transforma el muro en un auténtico
jardín vertical y consigue que un espacio destinado al trabajo termine convirtiéndose
en uno de los rincones más fotogénicos del recorrido. Además, A comienzos del
siglo XX, el segundo marqués de Viana comenzó a incorporar a este espacio
distintos objetos arqueológicos y elementos decorativos procedentes de la finca de Moratalla,
en Hornachuelos, y del Palacio de Viana
de Madrid. La tercera marquesa continuaría después con esta costumbre. Así,
entre el aroma de las plantas y el sonido del agua, vamos descubriendo que en
este patio cada rincón parece esconder un pequeño fragmento del pasado. Un
auténtico collage de antigüedades donde nada está puesto al azar y donde hasta
un viejo dintel, una fuente, columnas, cerámicas, azulejos pueden acabar convertidos
en protagonista.
Una de las grandes virtudes del Palacio de
Viana es precisamente no saber qué encontraremos al doblar la siguiente
esquina. Un patio, una fuente, un pozo, una galería, una escultura, una
ventana, un jardín...
Hasta este momento habíamos podido seguir el recorrido prácticamente con normalidad, pues el Palacio de Viana resulta completamente accesible para realizar la visita en silla de ruedas, algo que valoramos especialmente en un edificio histórico de estas características. Pero aquí tuvimos que hacer algo que a veces forma parte inevitable de nuestros viajes: desandar nuestros pasos.
No fue ningún problema. Al contrario, aprovechamos para volver a mirar con más calma algunas de las piezas antiguas que se exhiben a lo largo del recorrido. Porque cuando uno se ve obligado a volver sobre sus pasos, también descubre que quizá la primera vez pasó demasiado deprisa ante determinadas cosas.
Y ahora, poco a poco, terminamos haciendo
nuestro propio recorrido. En lugar de continuar exactamente por donde marca la
visita convencional, nos dirigimos hacia el PATIO
DEL ARCHIVO, que en teoría sería uno de los últimos espacios del
recorrido.
Es uno de los patios más interiores y está
relacionado con el Archivo Histórico del Palacio. Posee una elegancia mucho más
sobria que otros, así, sus paredes blancas, las puertas y ventanas azules y la
discreta vegetación crean un espacio sereno, casi silencioso. En el centro
encontramos una fuente revestida de azulejos que aporta la necesaria nota de
color.
Desde allí nos dirigimos al PATIO
DE LA CAPILLA, un espacio mucho más recogido y sombrío. En sus dos
galerías porticadas fueron colocados diversos objetos arqueológicos,
incorporados como elementos decorativos que aportan al conjunto ese curioso
aire de museo al aire libre.
Como su propio nombre indica, aquí se
encuentra la CAPILLA
del palacio, que se abre al patio y aporta al conjunto una dimensión más íntima
y espiritual. En
ella destaca un retablo decimonónico con una pintura de una Dolorosa y una
talla del Cristo de la Humildad.
También nos asomamos a la GALERÍA
DE LOS SAAVEDRA, otro de esos rincones que aparecen casi como pequeñas
ventanas hacia la historia de las familias que habitaron la casa. Recibe ese
nombre por los seis cuadros con los miembros más destacados de esta familia,
que se exhiben sobre la pared mayor.
Nuestra visita terminó siendo una carrera
contra el reloj. El Palacio estaba a punto de cerrar sus puertas y apenas
pudimos detenernos unos instantes en el PATIO
DE LA CANCELA antes de abandonar el recinto. Su nombre procede de la
gran cancela de hierro que cierra el único muro abierto hacia el exterior.
Antiguamente fue el acceso a la casa de los condes de Torres Cabrera y por aquí
entraban los carruajes. Todavía podemos encontrar elementos que recuerdan aquel
pasado, como un antiguo abrevadero de piedra. También llama la atención su
fuente central, que originalmente fue una pila bautismal.
Y así, casi sin darnos cuenta, llegamos al
final. Cuando finalmente cruzamos de nuevo sus puertas, Córdoba seguía ahí
fuera, con su sol, sus calles y su historia. Pero nosotros nos llevábamos algo
más: Hemos pasado
por doce patios y un jardín, pero también por casi seis siglos de historia.
Hemos visto espacios nobles y patios populares, cocinas, caballerizas, salones,
fuentes, galerías y jardines. Hemos seguido las huellas de familias
aristocráticas y también de quienes trabajaron y vivieron entre estas paredes. Y
mientras nos alejamos, solo podemos pensar una cosa: ¡qué suerte haber venido…
y qué ganas de volver a perdernos entre sus patios algún día!
TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA
PUBLICACIÓN HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:
https://www.palaciodeviana.com/
https://es.wikipedia.org/wiki/Palacio_de_Viana_(C%C3%B3rdoba)
VISITA OTROS SORPRENDENTES LUGARES DE LA PROVINCIA DE CÓRDOBA EN EL ENLACE.






















































































