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EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO, UN RINCÓN DONDE SE ENCUENTRAN DOS GRANADAS.

 


Para llegar hasta el antiguo Convento de San Francisco, hoy convertido en el Parador de la Alhambra, decidimos detenernos un instante en el camino. Porque esta vez, más que otras, recorrer la Alhambra no consiste solamente en descubrir sus monumentos, sino también en reencontrarnos con nuestros propios recuerdos.

Desde las inmediaciones de la Iglesia de Santa María de la Alhambra, parte la Calle Real, una de las vías más antiguas y con mayor interés histórico de todo el recinto. 

Una calle que ya recorríamos en aquella visita de agosto de 2006, cuando nuestra hija Laura era todavía una niña y los tres caminábamos por estos mismos lugares sin imaginar que, casi veinte años después, regresaríamos aquí con una mirada completamente diferente.

La Calle Real atravesaba la Puerta del Vino en dirección a la Alcazaba y fue, en época nazarí, una auténtica arteria de aquella ciudad palatina. 

Su trazado separaba dos mundos de la Alhambra: la zona militar, protegida por la Alcazaba, y el espacio residencial, donde se desarrollaba buena parte de la vida cotidiana de sus habitantes.





Resulta emocionante pensar que, bajo nuestros pasos, permanece todavía parte de aquel antiguo trazado. A pesar de los siglos y de las transformaciones que ha experimentado el conjunto, la Calle Real es la única vía de la Alhambra que conserva parcialmente su configuración original. Recorrerla es, de alguna manera, caminar sobre las huellas de quienes vivieron aquí hace siglos.

Pero esta vez nuestros pasos son diferentes.

Hoy recorremos este mismo camino en silla de ruedas, y eso hace que la mirada también cambie. Donde antes simplemente avanzábamos, ahora hay que detenerse a observar el firme, buscar el recorrido más cómodo y sortear algunos obstáculos. La Alhambra continúa siendo maravillosa, pero también me hace pensar que disfrutar de nuestro patrimonio debería significar poder hacerlo con la mayor libertad posible, independientemente de la forma en que cada uno se desplace.

Y quizá por eso esta vuelta tiene un cierto sabor a nostalgia.

Recuerdo aquella Alhambra de 2006 como un lugar que recorríamos con mayor libertad, sin mirar tanto el reloj y pudiendo detenernos cuando algo despertaba nuestra curiosidad. Ahora la visita está mucho más organizada y, en determinados espacios, la gran cantidad de visitantes y de grupos guiados hace que avanzar con una silla de ruedas no resulte siempre sencillo. A veces parece que el camino tiene un ritmo marcado y que uno debe seguirlo, cuando lo que realmente apetece es detenerse y dejar que la Alhambra hable despacio.

Aun así, la Calle Real nos regala pequeños encuentros con la historia.

A lo largo de nuestro recorrido por la Calle Real de la Alhambra encontramos uno de esos rincones que nos invitan a detenernos y mirar más allá de las piedras y los muros que nos rodean. Aquí vivió durante un tiempo Manuel de Falla, uno de los grandes compositores de la música española, cuya presencia dejó una profunda huella en la vida cultural de Granada.

Fue en septiembre de 1920 cuando Falla llegó a la ciudad acompañado de su hermana y decidió fijar aquí su residencia. Ambos alquilaron el carmen de Santa Engracia, situado en el número 43 de la Calle Real de la Alhambra. No cuesta imaginar al compositor recorriendo estos mismos caminos, entre el murmullo de las fuentes, la sombra de los árboles y la silueta de Granada extendiéndose a sus pies.

Durante aquellos años llevó una vida tranquila y recogida, aunque nunca estuvo completamente alejado del intenso ambiente cultural que se respiraba en la ciudad. A su alrededor se reunió un pequeño círculo de amigos entre los que se encontraban Antonio de Luna García y Federico García Lorcanotable granadino nacido en Fuente Vaqueros con quienes compartió inquietudes, conversaciones y proyectos.


Una de sus primeras iniciativas en Granada fue precisamente la organización de un concurso de cantaores de cante jondo, reflejo de su profundo interés por la música popular andaluza y de aquella especial conexión que estableció con la cultura y el alma de esta tierra.

A comienzos de 1922 trasladó definitivamente su residencia al carmen de la Antequeruela Alta, en el número 11, donde continuaría una etapa fundamental de su vida.

Hoy, el recuerdo de Manuel de Falla permanece en este rincón de la Alhambra a través de una placa de cerámica en la que también pueden leerse unos versos de Juan Ramón Jiménez. Un pequeño detalle que quizá pase desapercibido para muchos visitantes, pero que nos permite detenernos por un instante e imaginar la presencia del compositor caminando por estas mismas calles, dejando que Granada, sus sonidos y su inconfundible belleza se convirtieran también en parte de su inspiración.

Es uno de esos detalles que nos recuerdan que la Alhambra no dejó de ser fuente de inspiración mucho después de que desapareciera la ciudad nazarí.

Un poco más adelante, junto a la Iglesia de Santa María, encontramos los Baños Públicos de la Alhambra, un espacio que nos permite asomarnos, aunque solo sea por un instante, a la vida cotidiana de quienes habitaron este extraordinario recinto.

Su uso se alternaba entre hombres y mujeres: los hombres acudían por la mañana, mientras que las mujeres disfrutaban de este espacio durante la tarde. Para la mujer islámica, los baños constituían uno de los pocos lugares públicos de encuentro y de cierta libertad, un espacio donde, además de atender a la higiene y el cuidado personal, podían relacionarse y compartir momentos con otras mujeres.

Porque la Alhambra no fue únicamente escenario de grandes palacios, ceremonias y acontecimientos ligados a la corte nazarí. Tras la grandeza de sus monumentos existía también una ciudad viva, recorrida cada día por sus habitantes, con sus calles, sus viviendas, sus comercios y espacios como estos baños, destinados a cubrir las necesidades de la vida cotidiana.















Detenernos aquí es, de alguna manera, mirar más allá de los muros y los grandes salones para imaginar aquella Alhambra habitada, llena de voces, de encuentros y de pequeñas escenas cotidianas que también formaron parte de la historia de este lugar.

Y continuamos avanzando. Poco a poco, la Calle Real nos conduce hasta el antiguo Convento de San Francisco, nuestro siguiente destino. Un lugar que, como tantos otros rincones de la Alhambra, guarda varias vidas en una sola historia y que hoy acoge el Parador de Turismo.

Pero el camino todavía no termina. Muy cerca encontramos también una de las puertas que permiten acceder al entorno del Generalife, de modo que aquella antigua calle continúa cumpliendo, muchos siglos después, una función parecida a la que tuvo entonces: unir algunos de los lugares más importantes de la Alhambra.

Y mientras avanzamos, no puedo evitar pensar que quizá eso sea también lo bonito de regresar. Los lugares permanecen, pero nosotros cambiamos.

La Alhambra que recorrimos en 2006 con nuestra hija sigue ahí, casi intacta, pero nosotros ya no somos los mismos. Han pasado los años, han cambiado nuestras circunstancias y ahora necesito unas ruedas para recorrer los mismos caminos que antes hacía caminando.

Sin embargo, hay algo que permanece intacto, por mucho que pase el tiempo: la emoción de volver.

Y quizá sea precisamente por eso por lo que esta Calle Real significa para nosotros algo más que una antigua vía nazarí. Es también un camino que une dos momentos de nuestra vida, dos visitas separadas por casi veinte años y dos formas diferentes de contemplar la misma Alhambra.

Un camino entre la historia y los recuerdos.

Un camino que, esta vez, recorremos más despacio… pero quizá sintiéndolo mucho más.

Mientras hoy recorremos de nuevo sus caminos, resulta inevitable echar la vista atrás y recordar que nuestra historia con Granada comenzó mucho antes de esta visita. Alberto, hoy mi marido y compañero de vida, habitó en esta ciudad en 1987, por motivos profesionales, y quizá por eso Granada siempre ha tenido nosotros, algo más que la belleza de una ciudad monumental: tiene recuerdos, vivencias y una parte de nuestra propia historia.


Casi veinte años después, en agosto de 2006, volvimos juntos a la Alhambra, esta vez acompañados por nuestra benjamina. Ella era entonces mucho más pequeña y probablemente no podía imaginar que aquel paseo entre palacios, jardines y antiguas murallas acabaría convirtiéndose, con el paso del tiempo, en uno de esos recuerdos familiares que permanecen guardados en un lugar especial de nuestra memoria.

Aquel día caminábamos juntos sin pensar demasiado en el futuro. Mirábamos, descubríamos, hacíamos fotografías y disfrutábamos de estar allí. La Alhambra era entonces un escenario de nuestro viaje; hoy comprendemos que también estaba empezando a convertirse en parte de nuestra propia historia.

Y ahora, casi cuatro décadas más tarde, hemos regresado. Pero esta vez, el camino es diferente.

Hoy recorremos la Alhambra en silla de ruedas, y eso hace que mi mirada también sea distinta. La belleza sigue estando ahí, imponente y serena, como si el tiempo apenas hubiera pasado por sus palacios, jardines y patios. Sin embargo, esta vez el recorrido me hace descubrir también otra realidad: la de un patrimonio extraordinario que todavía tiene algunos caminos que recorrer para ser verdaderamente accesible para toda la humanidad.

Y, quizá, lo que más me ha sorprendido no ha sido solamente encontrar algunas dificultades para desplazarme, sino comprobar que aquella sensación de libertad que recuerdo de nuestras visitas de antaño se ha perdido un poco. Antes podíamos recorrer la Alhambra con más calma, detenernos cuando queríamos, dejarnos llevar por la curiosidad y permanecer unos minutos más ante un rincón que nos hubiera llamado especialmente la atención.

Ahora, en cambio, existe una cierta sensación de ir a contrarreloj. Hay un tiempo establecido para recorrer determinados espacios y, aunque entiendo perfectamente la necesidad de organizar las visitas y proteger un lugar tan delicado, en ocasiones esa organización hace que la experiencia resulte algo más apresurada de lo que uno desearía.

A esto se suma la enorme afluencia de visitantes. En algunos rincones, los grupos de visitas guiadas o  free tours como hoy se conocen, se suceden unos tras otros y, entre explicaciones, personas detenidas y grupos avanzando, moverse con una silla de ruedas puede convertirse en toda una pequeña aventura. Hay momentos en los que, sencillamente, resulta difícil encontrar un hueco para avanzar o detenerse a contemplar aquello que tienes delante.

Y es una verdadera lástima, porque la Alhambra invita precisamente a lo contrario: a caminar despacio, a mirar, a dejarse sorprender y a perderse entre sus espacios.

Quizá por eso esta visita me deja una sensación un tanto agridulce. Por un lado, la emoción de volver a un lugar que forma parte de nuestros recuerdos y que continúa siendo uno de los conjuntos monumentales más fascinantes que hemos conocido. Por otro, la nostalgia de aquella Alhambra que recuerdo más pausada, más abierta y, sobre todo, más libre.

Pero también quiero quedarme con lo positivo. Porque recorrerla ahora desde otra perspectiva me ha permitido descubrir detalles que antes quizá pasaban desapercibidos y comprender que la accesibilidad no debería significar únicamente poder entrar, sino poder disfrutar del patrimonio con la misma libertad, dignidad y tranquilidad que cualquier otro visitante.

La Alhambra ha sobrevivido a siglos de historia y ha sabido adaptarse al paso del tiempo. Ojalá también pueda seguir avanzando para que, algún día, quienes la recorramos con ruedas, con bastones, con dificultades para caminar o simplemente con otras necesidades, podamos sentir que este maravilloso legado también está pensado para nosotros.

Porque la Alhambra debe seguir siendo un lugar para todos. Y, si algo merece este paisaje de palacios, fuentes, jardines y recuerdos, es que podamos descubrirlo sin prisas y sin barreras, dejando que sea la propia Alhambra quien marque el ritmo de nuestro camino.

Aun así, hay algo maravilloso en poder estar aquí de nuevo. Porque cada tramo recorrido tiene ahora un doble significado: delante de nosotros aparece la Alhambra que contemplamos hoy y, detrás, aquella otra Alhambra de agosto de 2006 en la que caminábamos junto a Laura.

Quizá por eso, al avanzar por la Calle Real, el tiempo parece estrecharse. Bajo nuestros ojos están las mismas piedras por las que caminaron los habitantes de la ciudad palatina hace siglos, pero también aparecen, casi como un eco, nuestros propios pasos de hace veinte años.

Y es precisamente al llegar al antiguo Convento de San Francisco cuando descubrimos una de esas pequeñas historias que hacen que la visita a la Alhambra vaya mucho más allá de sus palacios nazaríes.

Quizá no sea uno de los lugares que más llama la atención entre los grandes monumentos del conjunto, pero entre sus muros se esconde una de las historias más curiosas y fascinantes de Granada: la de un espacio en el que, con el paso del tiempo, la Granada musulmana y la Granada cristiana terminaron encontrándose bajo un mismo techo.


Al acercarnos, cuesta imaginar que bajo esta apariencia cristiana todavía sobreviven las huellas de la Granada musulmana. Y es que este lugar parece haber sido escrito para contar, casi sin palabras, la historia de una ciudad que cambió de manos, de religión y de época, pero que nunca llegó a borrar por completo su pasado.

El convento de san francisco fue levantado sobre un antiguo palacio nazarí. Tras la conquista de Granada en 1492, los Reyes Católicos entregaron este espacio a la orden franciscana para establecer aquí uno de los primeros monasterios cristianos de la nueva Granada.

La construcción fue costeada en buena parte por la Familia Real, y su importancia fue creciendo rápidamente. La iglesia del convento llegó incluso a desempeñar un papel fundamental en los primeros años de la Granada cristiana, hasta el punto de convertirse en la primera catedral de esta, cuando la sede catedralicia se encontraba todavía en Santa María de la Alhambra.

El lugar quedó además estrechamente vinculado a Fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, una figura fundamental durante los primeros años posteriores a la conquista. Aquí estuvo su casa y también aquí encontró su lugar de enterramiento.

Pero si hay un episodio que hizo que este convento quedara para siempre unido a la historia de Granada, fue el que protagonizaron los propios Reyes Católicos.

El 12 de octubre de 1504, Isabel la Católica dictó su testamento. En él dejó expresado su deseo de ser enterrada en Granada y de hacerlo con la mayor sencillez posible, en el primer monasterio fundado en la ciudad después de su toma.

No tendría que esperar mucho tiempo.

El 26 de noviembre de 1504, la reina fallecía en Medina del Campo. Siguiendo sus últimas voluntades, su cuerpo emprendió el largo viaje hacia Granada.

El cortejo fúnebre llegó finalmente a la ciudad, donde fue recibido por Íñigo López de Mendoza, II conde de Tendilla y alcaide de la Alhambra. Los restos de Isabel fueron depositados en la iglesia del Convento de San Francisco.

Cuando Fernando el Católico murió en 1516, sus restos fueron trasladados también hasta Granada y colocados junto a los de Isabel.

Y durante algunos años, este tranquilo rincón de la Alhambra se convirtió en el lugar donde descansaba una de las parejas más importantes de la historia de España.

Así, durante unos años, la iglesia del Convento de San Francisco se convirtió provisionalmente en el lugar de enterramiento de los Reyes Católicos, antes de que ambos fueran trasladados definitivamente a la Capilla Real de Granada en 1521.

Resulta curioso pensar que, antes de descansar en el lugar que hoy todos asociamos con los Reyes Católicos, sus restos permanecieron entre estos muros, en un espacio que había sido primero palacio nazarí y que ahora formaba parte de la nueva Granada cristiana.

La historia quiso además que el propio conde de Tendilla quedara unido para siempre a este lugar.

Fue precisamente él quien había recibido el cortejo fúnebre de Isabel a su llegada a Granada, y aquella relación con los Reyes Católicos y con la Alhambra hizo que eligiera este monasterio como lugar para su enterramiento.

Tras su muerte, en 1515, su cuerpo fue enterrado en la capilla del capítulo del monasterio. Posteriormente, en 1523, sus restos fueron trasladados a la capilla mayor, precisamente al espacio que anteriormente había acogido los restos de los Reyes Católicos.

De alguna manera, las piedras de este convento terminaron guardando la memoria de algunos de los protagonistas de aquellos primeros años de la Granada cristiana.

Pero quizá lo que más nos llama la atención cuando recorremos hoy el antiguo convento es que la historia no terminó con la llegada de los franciscanos.

Porque, aunque el edificio fue transformándose con el paso de los siglos, el pasado nazarí no desapareció por completo.

Entre sus muros todavía podemos encontrar vestigios de época nazarí, integrados en las distintas reformas y transformaciones realizadas después de la conquista. Y es precisamente esa convivencia de elementos islámicos y cristianos la que proporciona al lugar un encanto muy especial.

Aquí parece establecerse un curioso diálogo entre dos mundos: la Granada musulmana, representada por los restos del antiguo palacio nazarí, y la Granada cristiana, que comenzó a construirse tras 1492. Y la historia de este lugar todavía tenía algunos capítulos más por escribir.

Finalmente, fue objeto de una importante restauración para convertirlo en Parador de Turismo, una intervención que permitió recuperar parte de su antiguo esplendor y conservar algunos de los vestigios de su pasado islámico.

Hoy, convertido en alojamiento, el edificio continúa siendo mucho más que un lugar donde hospedarse. Sus patios ajardinados, sus antiguas estancias y sus muros parecen conservar el eco de todas las vidas que pasaron por aquí.




Y mientras paseamos por ellos, resulta inevitable imaginar todo lo que habrán contemplado estas piedras: primero un palacio nazarí, después un convento franciscano. 

Más tarde lugar de enterramiento de los Reyes Católicos, escenario de diferentes episodios de la historia de Granada, la desamortización de Mendizábal y el conflicto bélico de las guerras napoleónicas durante la ocupación francesa provoco el abandonado del edificio finalmente, ya a mediados del XX se mudó en Parador de Turismo.



Nos parece uno de esos rincones que merece la pena descubrir con calma, sin prisas y dejando que sea el propio lugar el que nos vaya contando su historia.

Porque aquí no solo contemplamos un edificio bonito. Caminamos literalmente sobre distintas capas de la historia de Granada.

Y es que el antiguo Convento de San Francisco sigue siendo, de alguna manera, un pequeño puente entre dos Granadas.

Un rincón tranquilo, lleno de historia y de encanto, que nos recuerda que la Alhambra es mucho más que sus famosos palacios nazaríes. A veces, basta con desviarse un poquito del camino, detenerse ante unos muros aparentemente silenciosos y mirar con algo de atención para descubrir que, entre ellos, siguen viviendo muchas de las historias que hicieron de Granada una ciudad única.

De ese edificio apenas quedan restos, ya que su avanzado estado de deterioro provocó que, en 1576, se demoliera. Años más tarde, se erigió la actual Iglesia de Santa María de la Alhambra, cuya construcción comenzó en 1581 y terminó, aproximadamente, en 1618. Fue Ambrosio de Vico, reconocido arquitecto, quien se encargó de la finalización, siguiendo las trazas de Juan de Orea y Juan de Herrera.

Hay lugares a los que uno no regresa simplemente para volver a verlos. Regresa también para encontrarse con las personas que fue, con los recuerdos que dejó allí y con aquellos momentos que, aunque hayan quedado muy atrás en el calendario, siguen formando parte de nuestra historia.

Y esto nos hace reconocernos en unos versos del maestro Joaquín Sabina, que recuerdan que...  “en GRANADA descubrí, que el lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver.”


 

 

INFORMACIÓN RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://rinconesdegranada.com/exconvento-de-san-francisco/

https://cuadernosdelaalhambra.alhambra-patronato.es/index.php/cdalhambra/article/view/5/33

https://rinconesdegranada.com/glosario/hernando-de-talavera/

https://rinconesdegranada.com/convento-san-francisco-casa-grande/

https://es.wikipedia.org/wiki/Hermandad_de_Santa_Mar%C3%ADa_de_la_Alhambra_(Granada)

 

 

 

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